Un día caluroso, pesado;
tal vez infranqueable.
Observaba inmóvil, sigilosa,
por las ventanas húmedas
intentaba predecir
el movimiento zig-zagueoso
de alondras decrépitas,
que a su vez,
querían embalsamar
un mundo sin tapujos.
Pero...
en estas horas de calor eterno
mi locura ha saboreado,
su mayor orgasmo.
Las antiguas alondras,
murieron,
por la insolente canícula
de esta habitación infernal,
y yo,
me fui con ellas.
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