Sin haber ido al dentista,
te quedaste sin dientes;
sin trabajar en nada,
ganabas dinero diario,
tal vez perdido, pedido.
Sin conocer el habla
callabas y ahogabas,
algunas de tus penas,
solo las más pesadas.
Sin tener ideología definida
te enrrabietabas,
al ver a los políticos invadir tu territorio,
confundiéndolos a menudo,
con tu particular señor de la limpieza.
Sin saber donde ibas,
caminabas por las infinitas calles,
recorrías quilómetros de agonia,
despacio, ebrio.
Estrépitos aquilones,
enfriaban tu mente,
encharcaban tu alma,
de morada felicidad barata.
Y tú,
impasible ante las desgracias inmundas,
no sabias,
que tu vida ya estaba en almoneda.
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